IV Cumbre de la Celac. ¿Lloverá sobre mojado?

Por Javier Surasky[i]

El pasado 27 de enero, los Jefes y Jefas de Gobierno de América Latina y el Caribe volvieron a encontrarse en Quito. La ocasión fue la celebración de la IV Cumbre de la Celac.

La Cumbre estuvo presidida, como normalmente ocurre, por un conjunto de reuniones de equipos técnicos y entre los cancilleres de los países que la integran; pero como pocas veces, en esta oportunidad se ha sentido la presencia de desencuentros, primeros síntomas de una época de cambios políticos en la región.

El discurso de apertura brindado por el presidente de Ecuador, Rafael Correa, comenzó señalando la falta de acuerdo para establecer una agenda común integrada por metas cuantificables -referencia a la “Agenda 2020” originalmente propuesta al conjunto por su país- “por falta de consenso y diferentes visiones sobre la Celac”. Dando a conocer claramente su propia visión y tras recorrer los puntos que consideró más importantes para la acción conjunta en la región, fue contundente al afirmar su convicción de que “la Celac, en el mediano plazo, debe reemplazar a una OEA que jamás funcionó adecuadamente y que hoy es más anacrónica que nunca”. También se despachó contra el Sistema Interamericano de Protección de los Derechos Humanos.

La ausencia del nuevo presidente de la Argentina, Mauricio Macri, generó ciertas suspicacias, al menos dentro de su propio país: el “faltazo” presidencial tal vez se haya debido, como se anunció oficialmente, a la necesidad de reposo tras un accidente hogareño en el que se lastimó una costilla -el mismo que no le impidió viajar unos días antes al encuentro de Davos-, sin embargo no son pocos los que entienden que la representación de la Argentina por su vicepresidenta, Gabriela Michetti, es en realidad un signo político y parte de una estrategia por evitar un segundo encontronazo directo con Venezuela después del que Macri sostuvo con la canciller de ese país, Delcy Rodriguez, en el marco de la XLIX Cumbre del Mercosur reunida en Paraguay el 21 de diciembre último.

Evo Morales en su discurso hizo referencia a la baja en el precio de la energía para el consumo hogareño que registró Bolivia asegurando que “la telecomunicación, agua y la energía son un derecho básico” justo en el momento en que en Argentina se anuncia un incremento en las facturas eléctricas de hasta un 500%.

Las palabras de Evo Morales apuntaban principalmente, sin embargo, en otra dirección: ofreció a Chile cambiar gas boliviano por una salida al mar, algo que la delegación de ese país rechazó vehementemente. Como era de esperar, Chile se convirtió en el principal problema que debe enfrentar Bolivia en su pretensión de encabezar la Celac en 2017, algo que también desea Honduras.

Dilma Rousseff, un tanto debilitada por la situación interna de Brasil, no hizo ningún anuncio trascendente y la delegación de ese país se limitó a repetir consignas ya conocidas en favor de la integración y del fortalecimiento de la Cooperación Sur-Sur. Su mayor aporte fue instalar en los debates la necesidad de generar una respuesta común ante la extensión del Zika por la región, asunto al que, sobre decirlo, nadie se opuso, pero en el cual tampoco se tomaron medidas de acción inmediatas: las autoridades de salud de la Celac y los países que la integran acordaron reunirse lo más pronto posible para compartir sus experiencias en la materia.

Las negociaciones de paz en Colombia y el rol de la Celac en la verificación de los acuerdos fueron de los temas más destacados y allí se logró un importante consenso ya que, según lo anunció el presidente Juan Manuel Santos, los miembros de la Celac aceptaron unánimemente integrar el equipo de observadores internacionales que verificará la entrega de armas por parte de la guerrilla, aunque no será ni Celac ni Colombia quienes decidirán la integración de la misión de verificación sino el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Como contracara, el desencuentro más importante sigue discurriendo en forma velada y afectando la capacidad de la Celac como un todo: más allá de las declaraciones, las diferencias de necesidades entre las subregiones de América Caribeña y América Latina siguen estando presentes y la “crisis de las commodities” no hace más que agravarlas.

Un momento particular se vivió cuando el canciller de Haití, Lener Renauld, solicitó que una comisión del organismo contribuya a llevar paz al conflictivo proceso electoral en desarrollo en su país.

Este pedido, muy similar a uno presentado previamente ante la OEA, derivó en la propuesta realizada por Correa en su carácter de presidente pro-témpore de la Celac: una comisión integrada por países voluntarios (finalmente Ecuador, Venezuela, Bahamas y Uruguay) viajará a Haití y presentará un informe en base al cual se decidirá la mejor manera de apoyar a Haití en su proceso.

Quizás lo más lógico hubiese sido que la delegación hubiese estado conformada por los cancilleres del “cuarteto” de la Celac -instancia formada por el país que ejerce la presidencia pro-témpore, su antecesor y su sucesor en la misma más un país del Caribe- pero en esta ocasión eso era políticamente imposible pues hubiese ubicado a República Dominicana, que asumió la presidencia de la Celac en esa misma reunión, en el centro de la escena.

Lo más ilógico hubiese sido que para decidir la integración de la misión (que ya está en Haití) se hubiese iniciado un proceso de consultas entre los 33 países de la Comunidad, sin embargo, eso propuso Argentina y respaldó México. De haberse aceptado algo así cualquier capacidad de respuesta rápida, que es justamente lo que requiere la situación, hubiese quedado imposibilitada.

Esta situación puso nuevamente en escena los problemas que enfrenta una Celac que se otorga amplios espacios de acción geográficos y sectoriales, pero no cuenta con estructuras capaces de sostenerlo y debe crear respuestas ad-hoc.

El final de la reunión trajo las consabidas “declaraciones especiales”; esta vez fueron 20 sobre asuntos tales como la condena del bloqueo de los EE. UU. sobre Cuba, la situación de Guantánamo, la reafirmación de la soberanía argentina sobre las Islas Malvinas, la lucha contra el cambio climático y el apoyo al proceso de paz en Colombia.

Estas declaraciones están acompañadas por una Declaración Política y un Plan de Acción. Si bien las versiones oficiales de esos instrumentos no han sido publicadas a la fecha en que escribimos este texto (02/02/2015) podemos afirmar que el primero se organiza sobre una serie de ejes: derechos humanos, paz y seguridad, medidas coercitivas, situación de Guantánamo, desarrollo sostenible, cambio climático, medio ambiente, derechos humanos y trasnacionales, trabajo, cooperación, tecnologías de la información, arquitectura financiera regional e internacional, financiamiento para el desarrollo, cultura, drogas, hábitat, migración, mecanismos de integración, reforma de las Naciones Unidas, relaciones con socios extrarregionales, participación en foros internacionales, descolonización y la propia Celac.

El Plan de Acción incluye esos temas y otros -tales como equidad, igualdad y empoderamiento de la mujer y diálogo entre culturas- y hace especial referencia a las relaciones entre la Celac y algunos países en particular: China, Rusia, India, Corea y Turquía.

Las formalidades de la IV Cumbre de la Celac, que no pasará a la historia como un momento de decisiones importantes, terminaron con el traspaso de la presidencia del organismo a la República Dominicana. Su presidente, Danilo Medina, afirmó en su discurso de asunción de la responsabilidad que “América Latina es, a continuación de Asia, la región con mayor incorporación a la clase media; pero junto con África Subsahariana la región con mayor desigualdad” por lo que señaló que las tareas pendientes a encarar son la reducción de las desigualdades, mejorar la educación, impulsar la ciencia, la tecnología y la innovación y lograr una buena gestión del financiamiento para el desarrollo que permita el crecimiento de la región toda.

Si algo nos deja esta nueva Cumbre de la Celac es la sensación de que los procesos de cambio político en América Latina y Caribeña están llegando a la superficie regional, enmarcados en una crisis de precios internacionales de commodities -cuyo mejor pero no único representante es el precio del petróleo- y con los países mostrando una creciente preocupación por encontrar respuestas a los problemas nacionales que los cambios de ciclo y las crisis, ahora profundizadas por la desaceleración de China, están produciendo.

Si bien la historia nos marca con claridad que la solución para ser sostenible y real debe ser lograda en conjunto por países que comparten una historia, un presente y seguramente un futuro común, llamados a gestionar de manera conjunta -ya sea les guste o no- bienes regionales fundamentales para sus economías y el bienestar de sus pueblos, las tendencias a refugiarse en la escala regional son hoy palpables y la forma en que evolucionará este proceso es el interrogante de cuya respuesta dependerá el lugar que la Celac pueda jugar en el futuro de la región.

La sensación es que el cielo de América Latina y Caribeña se está nublando al punto de saber que lloverá. La pregunta es cuánto, con qué intensidad y cuáles serán las consecuencias.

[i] Coordinador del Departamento de Cooperación Internacional del Instituto de Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de La Plata, Agentina (IRI), Argentina y del Área de Investigación y Análisis del Centro de Pensamiento Estratégico Internacional, Colombia (Cepei).

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