Irak: entra la competencia jihadista internacional y la posible descomposición del sistema westfaliano del Medio Oriente

mapa-iraque

por Rubén Paredes Rodríguez

 En los últimos días, la región del Medio Oriente volvió a concitar la atención mundial cuando la organización yihadista autodenominada el Estado Islámico de Irak y el Levante (EIIL) asestó un golpe de gracia con la caída de Mosul en su poder, la segunda ciudad más importante después de Bagdad en Irak. Si bien la irrupción del EIIL no es nueva en el país, la misma se produce en un contexto de inestabilidad regional que pone de manifiesto la posible alteración del sistema westfaliano, a días de cumplirse un siglo de su instauración. Si bien la amenaza de un resquebrajamiento de las fronteras heredadas desde la Primera Guerra Mundial siempre estuvo latente, ya sea por la temida desintegración de los Estados a través de guerras interestatales o de conflictos intraestatales, hoy es percibida como una posibilidad cercana y con consecuencias impredecibles en términos geopolíticos.

Por Rubén Paredes Rodríguez*

En los últimos días, la región del Medio Oriente volvió a concitar la atención mundial cuando la organización yihadista autodenominada el Estado Islámico de Irak y el Levante (EIIL) asestó un golpe de gracia con la caída de Mosul en su poder, la segunda ciudad más importante después de Bagdad en Irak. Si bien la irrupción del EIIL no es nueva en el país, la misma se produce en un contexto de inestabilidad regional que pone de manifiesto la posible alteración del sistema westfaliano, a días de cumplirse un siglo de su instauración. Si bien la amenaza de un resquebrajamiento de las fronteras heredadas desde la Primera Guerra Mundial siempre estuvo latente, ya sea por la temida desintegración de los Estados a través de guerras interestatales o de conflictos intraestatales, hoy es percibida como una posibilidad cercana y con consecuencias impredecibles en términos geopolíticos.

La pérdida de rumbo de las negociaciones palestino-israelíes, la posible desintegración de Iraq, el Estado fallido en que se convirtió Libia, la sangrienta guerra civil en Siria, el retorno y control Talibán de un 90% de Afganistán y el otoño árabe que se vive después de la primavera iniciada en 2011, son tan sólo una descripción de una fotografía instantánea regional. Por tal motivo, son varias las cuestiones que se desprenden de los acontecimientos recientes, y que requieren de un análisis que en pocas palabras, permitan comprender la nueva sinergia de conflictividad regional, caracterizada por un sinuoso y complejo juego de intereses regionales y extra regionales, en el que los otrora enemigos pasan a ser aliados tácticos.

En primer término, se asiste a una “competenciadel terrorismo jihaidista” entre Al-qaeda y el EIIL nunca antes vista, pese a que comparten el enemigo común y el objetivo estratégico de alcanzar una base territorial para el establecimiento de un califato (pan) islámico con imperio de la sharia (ley islámica) en su versión más estricta en el siglo XXI. Luego de la Guerra de Irak de 2003, la violencia en la que se sumergió el país generó las condiciones propicias para que una franquicia de Al-qaeda ingresara y actuara en contra de la ocupación norteamericana. Por un lado, la situación de “caoscracia” -entendida como el enfrentamiento sectario entre los actores subnacionales intentado doblegarse mutuamente para arrebatar los resortes institucionales del poder en pugna – permitió la aparición de Al-qaeda en el Tigris y el Eufrates , en honor a los dos ríos que atraviesan el país. Durante el 2004 cambió el nombre a Al-qaeda en Irak y recién en el 2006 esta base territorial adoptó la denominación de Estado Islámico de Irak, logrando en el 2007 su cenit cuando generó doce 11-S en el país, si se compara con el número de víctimas caídas en los atentados de 2001.

Por otro lado, más allá de la existencia de Al-qaeda Central –liderada por Osama Bin Laden en los suburbios de Pakistán- aparecieron otras extensiones territoriales como Al-qaeda en la Península Arábiga y Al-qaeda en el Magreb, lo cual reflejaba el carácter operativo horizontal de la organización y los límites de la Lucha Global Contra el Terrorismo Internacional de esos años, emprendida entre actores que no sólo poseían una naturaleza diferente sino también una marcada asimetría de poder. Cuando se alcanzó un acuerdo entre los sunnitas -desplazados del poder en Irak en el 2003- y los shiítas erigidos en gobierno junto a la población kurda en el norte, se pudo contrarrestar la presencia terrorista, a sabiendas que los años de entrenamiento in situ con las tropas de ocupación norteamericana constituían una virtual amenaza para un futuro no lejano. Desde ese entonces, la Primavera Árabe recreaba las condiciones para operar en los países que dejaban de controlar estrictamente sus fronteras con el fin de los regímenes presidencialistas autoritarios eyectados del poder.

En segundo término, la “competencia terrorista jihaidista” se exacerbó con la desaparición física de su líder Osama Bin Laden pero también por el accionar autónomo que las extensiones territoriales de Al-qaeda comenzaron a experimentar. Esto último se puso de manifiesto en los hechos ocurridos durante el 2013 en Mali, lo cual condujo a las tropas de élites francesas a intervenir militarmente para evitar la desintegración del país y la aparición de un nuevo Estado (emirato) que hubiera significado alcanzar su objetivo estratégico.

Sin embargo, a dos años de la Guerra Civil en Siria se cristalizó la división y la competencia jihaidista, cuando el Estado Islámico de Irak le agregó a su nombre en abril de 2013 la palabra Levante. Esto le permitió empezar a operar en el terreno bajo las órdenes del iraquí Abubaker al- Bagdadi. Así, los combatientes iraquíes dispersos en varios países del Norte de África y Medio Oriente empezaron a llegar a Siria con el fin de deponer el “impío” régimen alauita. Pero, entre la miríada de grupos rebeldes enfrentados con el gobierno de Bashar al-Assad, se encontraba Jabhatal-Nusra, la extensión territorial de Al-qaeda en Siria y reconocida como legítima por el número uno de la organización Ayman al-Zawahiri.

La guerra civil siria encontró dividida a la comunidad internacional entre aquellos que abogaban por una intervención militar reeditando lo ocurrido en Libia y los partidarios de que sean los propios sirios los que encuentren una solución, sin necesidad de recurrir a una intervención abierta o encubierta que pudiera agravar aún más la crisis humanitaria. La respuesta del régimen para con los rebeldes generaba una diatriba difícil de soslayar en un contexto de cambio “primaveral”. Por un lado, el uso desproporcionado de la fuerza militar del gobierno se denunciaba internacionalmente, pero por el otro, las acciones de los rebeldes –apoyados por otros actores regionales y extra regionales- tornaban difícil lograr una legitimidad internacional desde el momento en que una extensión regional de Al-qaeda como Al-Nusra operaba en contra de un supuesto enemigo común, el régimen de al-Assad.

A partir de 2013, EIIL comenzó a expandirse imponiendo la Sharia en las provincias de Raqqah en el norte y de Deir al-Zour en el este, con acciones como la tortura, decapitaciones, mutilaciones, crucifixiones, asesinatos en fosas y persecuciones que comprendía desde los simple pobladores al ejército regular, pasando por milicianos del Ejército Libre Sirio y la propia organización Al-Nusra. Los informes acerca de la brutalidad de los hechos produjeron un cisma en el terrorismo yihaidista, en donde rápidamente se condenó la herejía de los mismos y la desobediencia táctica para con Al-Nusra. Así en junio de 2013 al-Zawahiri emitió un comunicado expresando el no reconocimiento y vinculación con el EIIL, adoptando paradójicamente una “cara moderada” del terrorismo internacional jihadista.

En tercer término, y a diferencia de Al-Nusra, el EIIL modificó su táctica capitalizando los errores cometidos en otras operaciones en las que se combinaron la insurgencia urbana con acciones de carácter estrictamente terroristas. En pos de realizar un control efectivo sobre el terreno, emprendió acciones de infantería con combatientes entrenados -que llegaron incluso de Europa y Estados Unidos-, ocupó los edificios públicos para emprender los actos de gobierno, incautaron las reservas de los bancos y controló los pocos pozos petroleros sirios –como los campos de Koniko. Esto último le permitió ganar autonomía financiera al vender por ejemplo el crudo hasta un 50% menos a Turquía -con el objeto de asegurarse un comprador so pena de recibir este último una condena internacional- y así brindar servicios básicos, pagar sueldos y comprar armas en el mercado negro de Medio Oriente. Todo ello configuraba las condiciones de un proto Estado, condenado por el propio régimen sirio y por el resto de los rebeldes.

La extensión de la guerra civil siria comenzó con el desplazamiento de al-Bagdadi al territorio de Irak a fines de 2013, aprovechando la porosidad de las fronteras y el contexto de inestabilidad política interna. Desde ese entonces, las incursiones fueron tornándose frecuentes y tiñendo de banderas negras con consignas religiosas las áreas ocupadas. Faluya, Ramadi y Samarra fueron las primeras ciudades que comenzaron a sentir el asedio jihadista en las que se aplicó la táctica previamente implementada en Siria, con el compromiso hacia las tribus suníes de sólo combatir a los shiítas infieles.

La caída relámpago de Mosul en 4 días con 300 efectivos del EIIL no sólo demostró la capacidad de fuego y coordinación sino también la falta de entrenamiento profesional e identidad del ejército iraquí en el que primó la deserción. El botín de guerra incluyó armamento militar ligero y pesado,vehículos blindados y helicópteros Black Hawk heredados de los años de ocupación norteamericana, más la incautación de 300 millones de dólares de la sede del Banco Central de Irak.  El control efectivo del territorio para la instauración de un nuevo califato sunnita avanzó borrando con escavadoras los hitos en las fronteras internacionales entre Siria e Irak, a las que adujeron desconocer fijándola en el sur a 100 km de Bagdad.

A un mes de haber sido reelecto para un tercer mandato el Primer Ministro iraquí Nuri al-Maliki, los efectos no deseados de la Primavera Árabe en Irak coincidieron con el avance del EIIL, poniendo al descubierto el descontento y el carácter sectario que les imprimió a sus dos primeros gobiernos. Pese al compromiso de integrar a la población sunnita, la misma fue relegada en detrimento de la mayoría shiíta generando un resentimiento para con el poder central. El 30% de la población en las zonas sunnitas ocupadas vive bajo la línea de la pobreza, el desempleo alcanza al 60 % y los servicios básicos de agua y electricidad no se restablecieron a los años previos de la guerra de 2003.

La promesa de un Irak estable, democrático y soberano se está desvaneciendo como la integridad territorial que preocupa a los demás actores regionales y extra regionales. Los Estados Unidos advirtieron en reiteradas oportunidades al gobierno iraquí de la necesidad de convocar a un verdadero gobierno de unidad nacional luego del retiro de las tropas en diciembre de 2011, de lo contrario se podía reactivar el conflicto sectario. Por tal motivo, en una clara muestra de prudencia realista planteó la necesidad al gobierno de cambiar las condiciones objetivas en Irak junto a la imposibilidad de intervenir con efectivos militares en el país. En consecuencia, ha venido evaluando el uso de drones para frenar el avance yihadista y la necesidad de cooperar junto a la Republica Islámica de Irán, el antiguo enemigo, hoy aliado táctico. Luego de años, se recompuso el consenso bipartidista para avanzar en esa dirección y reducir los costos de una posible intervención internacional.

Esto último quedó corroborado con la anuencia que brindó para que ingresen a Irak 2000 efectivos de la Guardia Republicana de Irán al mando del comandante Qasemm Suleimani que se encuentra en Bagdad monitoreando las operaciones. El objetivo compartido de Irán y Estados Unidos es mantener la integridad territorial de Irak y su estabilidad en contra del terrorismo yihadista sunnita. Sin embargo, el interrogante que se plantea es cómo será la política exterior norteamericana de ahora en más en la guerra civil siria, en donde manifestó la necesidad de remover el régimen de Al-asad aliado de Teherán y enfrentado a un enemigo común, el EIIL.

La situación en Irak se ha convertido en una amenaza a la seguridad internacional y ha puesto en jaque al sistema westfaliano de Estados en el mapa de Medio Oriente. Primero, porque se ha buscado imponer la creación de una nueva entidad estatal con una identidad sunnita, alejada de la pluma europea de hace casi un siglo. Y segundo, porque la misma se alcanzaría por el desmembramiento de los territorios de Siria y de Irak, aprovechando la guerra civil en uno y la condición de Estado fallido en el otro.

Rediseñar el mapa de Medio Oriente a instancias del yihadismo del EIIL abre interrogantes acerca de quiénes serían los próximos en atravesar por un proceso similar de “balcanización” en una de las regiones más inestables del sistema internacional. Por lo pronto, el Reino Hachemita de Jordania manifestó su preocupación, desde el momento que históricamente integra la zona del Levante y espera que los efectos no deseados de la Primavera Árabe no lleguen en la versión del yihadismo internacional.

* Director Adjunto del Instituto Rosario de Estudios del Mundo Árabe e Islámico (IREMAI). Universidad Nacional de Rosario. Docente del Seminario Religión, Política y Economía en la Relaciones Internacionales de Medio Oriente, Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales.

 

 

 

 

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