“Que bello es vivir” y la economía política de la Navidad.

“It’s a wonderful life” (1946), en castellano, “Qué bello es vivir” es la maravillosa película de Frank Capra que  suelen pasar en la época de Navidad, si bien el tema de la obra no sea específicamente sobre las festividades de fin de año. La Navidad es el punto culminante de un final feliz coronado con el reconocimiento social a un individuo que representa al mundo postliberal, que simboliza la esperanza de un capitalismo solidario afianzado en los valores de la amistad/solidaridad, fuertes lazos del tejido social americanista/fordista. Cada año, en diciembre, algún canal de televisión nos recuerda la genialidad del director que nació en Sicilia, en un hogar pobre, pero que fue el ejemplo vivo del sueño americano del “self made man”, que, con esfuerzo propio y talento, obtuvo el éxito. El individualismo y el optimismo son las características emocionales de la película. Cabe resaltar que esta obra cinematográfica está enfocada en costumbres que, en nuestras convenciones sociales, fortalecen algunos valores como: la importancia de los lazos familiares, la amistad, la honestidad, el compromiso, la gratitud y, sobretodo, la solidaridad. Sin embargo, a pesar de optimista, la película presenta las dos caras contradictorias del individuo exitoso. Una de ellas es Henry F. Porter, encarnado por el magistral Lionel Barrymore, un banquero inescrupuloso y usurero desalmado que, a medida que enriquece descontroladamente, empobrece material y espiritualmente a toda la población de la ciudad. Su contracara es el siempre confiable, leal y trabajador incansable George Bailey (James Stewart), que carga una frustración constante aferrada en el sueño de conocer el mundo y viajar. “Él nunca pensó en si mismo” es la frase que inicia la película adornada con un coro de pedidos y oraciones para George. Por una razón u otra, nuestro héroe nunca consigue consumar su sueño, ya que fuerzas más allá de su poder lo constriñen a casarse y atender el negocio familiar: una constructora/financiera solidaria que otorga créditos a las personas para que tengan su casa propia, como si se tratase de un banco hipotecario popular.

Podemos afirmar que ambos estereotipos son inmanentes al capitalismo: el individuo Porter y el individuo Bailey. Porter es lo viejo, Bailey es lo nuevo (del pasado), que en código neoliberal del siglo XXI suena a un retro futuro.  El capital financiero descontrolado es caracterizado por el banquero Porter, el “hombre más rico del condado” que, preso por la codicia del prestamista desalmado, nos recuerda al usurero Shylock, del ‘Mercader de Venecia’. Él representa al agente social del mundo que la sociedad de postguerra no desea ver más en el comando de la máquina capitalista, no obstante, en sincronía diabólica, el cuerpo social no consigue neutralizarlo. La realidad objetiva favorece una y otra vez al banquero Porter, sea en su faz de bonanza material o en las peores crisis económicas y, como si se tratase de un pacto faustiano, hasta la suerte está con el villano. Por otra parte, es precisamente en esta fase convulsiva y desintegradora que la figura del prestamista/usurero asciende para extender su dominio monopólico, difundiendo miseria y desgracia social. Cuando el molino satánico financiero está preparado para vencer, aparece la providencia divina, que se manifiesta por intermedio del simpático ángel anciano, Clarence (Henry Travers – como el ángel más real de la historia del cine), para rescatar al generoso y resignado George Bailey.

George no puede sacrificarse por los otros como Jesús lo hizo, su propia humanidad lo condiciona. Su derrota personal frente al banquero es interpretada por él como una derrota existencial y moral. “Si yo fracasé (en el sentido prosaico del loser estadounidense), mis acciones y mis valores también”, por lo tanto, el mundo sería mucho mejor si George no hubiese existido.

Él está marcado por el destino, por las fuerzas que jamás podrá controlar. Nuestro héroe, hace la historia embarcado en la corriente vertiginosa de un río caudaloso, pero nunca la hará como él quiere. En el momento que pretende burlar la ‘corriente’, el rol del ángel Clarence será determinante para colocar las cosas en su lugar y evitar que George se pierda. Pero, ¿cómo sabemos eso? Por una ‘jugada’ divina. El perspicaz Clarence no contradice a George, simplemente lo coloca otra vez en su ciudad, en otra dimensión, en un ambiente totalmente familiar donde él mismo nunca habría existido. En este mundo paralelo la sociedad es tan tenebrosamente individualista, tan violenta, tan miserable y tan corrupta que, frente al desastre del molino satánico capitalista, George Bailey, llorando copiosamente, implora para volver a ‘su’ mundo.

La disputa Bailey versus Porter, una rivalidad que atraviesa toda la película, esconde y, al mismo tiempo, refleja una metáfora del conflicto social. Es un campo de lucha material, pero, sobretodo, moral, donde el rol del estado/gobierno sólo aparece en la figura de los policías y en la figura del funcionario federal, el inspector de Bancos. El optimismo de la obra fílmica combina con su contexto histórico de entusiasmo por una nueva era de capitalismo controlado (embedded liberalism), declarando la derrota social y moral de los ‘Porters’ y revitalizando el ‘sueño americano’ por medio del ‘agente social’, George, el héroe de una sociedad de clase media solidaria, en la cual el lucro desenfrenado no tendría cabida.

Si interpretarnos la película bajo la lente de la economía política contemporánea, la obra parece anacrónica y extremamente idealista, con el epílogo de final feliz en la reunión familiar, rodeada de música y adornos navideños. Sin embargo, por otro lado, la película tiene un mensaje realista subyacente: Los individuos ‘Porters’ nunca mueren, sólo consiguen ser neutralizados. En el cine, el banquero soberbio volverá en la piel de Gordon Gekko (Michael Douglas), en Wall Street, con un fuerte discurso vengador, darwinista social y revanchista. Las últimas décadas del siglo XX, teñida de globalización neoliberal, mostraría el peor momento del individuo George Bailey. En este contexto, él y sus valores anacrónicos serían los perdedores que se hunden junto con la sociedad de clase media fordista americana. El ‘american way of life’ sufrió una metamorfosis dramática, ahora su estereotipo es el hombre de negocios de las finanzas exitoso, el espejo invertido de una nueva clase media endeudada con hipotecas y tarjetas de crédito, que ve a estos crupieres del casino financiero con admiración y angustia. La crisis económica y ética de 2008 mostró que, de hecho, si bien existe un Estado interventor para salvar las finanzas de los Porter o de los Gekko, los valores de Bailey, sufriendo derrotas en muchos rincones del planeta, tampoco están muertos.

J.A.V.

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